Melancolía entre piedras y hormigas, un cuadro de Carralero

Hasta el 15 de septiembre está abierta la exposición retrospectiva de José Sánchez-Carralero en el MARCA de Cacabelos. Es la mayor exposición hecha nunca sobre el pintor y catedrático de Bellas Artes de la Villa del Cúa, y abarca toda su trayectoria en una exquisita selección de obras realizada por Macarena Ruiz, comisaria de la exposición.
Dentro del programa han incluido un comentario semanal de una obra, y esta semana sale el que me han invitado a hacer a mi. No tuve dudas, tenía que escoger alguno de la serie de Carracedo del Monasterio ya que fue allí donde conocí al pintor.
“Llega el silencio”, es el cuadro que he elegido para invitarles a ustedes a conocer a Carralero. Espero que les guste.

2014-08-15 13.20.20

Todo el texto, en la página del Museo Arqueológico de Cacabelos

www.cacabelos.org/marca

O aquí:

Sobre la melancolía entre piedras y hormigas

Una mirada personal para sumergirse en “Llega el silencio”, de Carralero

Llega el silencio (óleo sobre tabla, 1994), de la serie del Monasterio de Carracedo (1992-94), forma parte de la magna exposición retrospectiva de José S. Carralero que se puede ver en El M.AR.CA de Cacabelos hasta el 15 de septiembre.


Para explicar este cuadro tenemos que fusilar unos versos de Mario Benedetti. Bueno, seamos políticamente correctos: homenajear al gran Benedetti en el poema “A la izquierda del roble”, y donde él hablaba del Jardín Botánico de su Montevideo, nosotros decimos Monasterio de Carracedo. Quedaría así:
(…) No sé si alguna vez les ha pasado a ustedes
pero el Monasterio de Carracedo siempre ha tenido
una agradable propensión a los sueños
a que los insectos suban por las piernas
y la melancolía baje por los brazos
hasta que uno cierra los puños y la atrapa (…).

(…) No sé si alguna vez les ha pasado a ustedes
pero cuando la lluvia cae sobre el Monasterio
Aquí se quedan sólo los fantasmas.
Ustedes pueden irse.
Yo me quedo.

En estos versos está la conexión entre el cuadro y la memoria del convento, que es como lo llamamos los de Carracedo. Acostumbrábamos a ver al “pintor de Cacabelos” embadurnado de óleo y a pie de atril persiguiendo la luz que rebota de entre las piedras del convento. Por fuera y por dentro. Y luego mirábamos, haciéndonos los encontradizos, lo que había del otro lado de la tabla. No entendíamos ni la mitad, nos faltaba camino de vida, pero sí sentíamos que nos gustaba. No había nada matemático en la mezcla del color, pero era asequible. No sabíamos por qué.
En el caso que nos ocupa es el interior del claustro, cuando el guarda cerraba y se despedía. Como un niño travieso sumado al aparente despiste del artista, se hacía el loco y ¡zas!, ya estaba de nuevo en el interior del convento saltando los muros.
Allí competía durante esas horas inciertas del oscurecer del verano con los adolescentes que hacían sus másteres de verano en el amor recién descubierto. Había sitio para todos. Se enriquecían mutuamente. Él buscaba la luz esquiva. Ellos, las sombras crecientes.
A Pepe le gustaba saltar la valla, claro que sí. Sentirse un chaval, pero en vez de robar pavías, hurtar los últimos rayos de sol entre las ruinas.
La serie del Monasterio de Carracedo que nos ocupa fue pintada a lo largo de tres veranos, entre 1992 y 1994, y el Monasterio ya estaba restaurado como hoy lo vemos, aunque él lo haya pintado en numerosas ocasiones a lo largo de su trayectoria.
Entonces ya había perdido la hiedra que ocultaba la reja del refectorio y podíamos ver de nuevo el atlante que sujeta una estatua desaparecida. El Mirador de la Reina había dejado de ser el lugar exclusivo de las fotos de las novias de Carracedo para convertirse cada sábado en un pase de modelos de todos los rincones del Bierzo.
Sin embargo, Carralero logra en este cuadro recuperar el ambiente de esos mil años de historia, ciento cincuenta de ellos entre la ruina. Cualquiera que contemple el cuadro reconocerá un monasterio atemporal, con ese ambiente ensoñador de los paisajes con ruinas monumentales de Claudio de Lorena, el grande del XVII. Miramos los arcos y nos envolvemos en ellos, nos atrapan.
Nos alejamos un poco del cuadro. Cerramos los ojos unos segundos, los abrimos y nos inundamos de la luz ocre llena de mil matices diferentes. Falso inacabado, pintura en diferentes grosores, brochazos rápidos, certeros. Corre, corre, la luz se va. Más claro, más limpio, menos nitidez que llega la noche, luminosa y veraniega, pero noche al fin y al cabo…
Nos dejamos llevar por los ojos y éstos nos llevan al recuerdo de lo que allí vimos y sentimos. Si lo hacemos al revés, no entenderemos nada. Este monasterio será más real que la foto porque capta el momento cambiante de la última luz de la tarde. Desconfía del recuerdo, apóyate en el cuadro y déjate ganar por el instante vivido por el artista que, seguro, coincide con el tuyo. ¿Lo sientes? ¿No hueles la humedad que dejó la tormenta? ¿El amargor de la hierba mojada? Eso es lo que el ojo tuyo no ve, pero el de Carralero sí, y te lleva a revivir esos minutos enlatados en el lienzo. ¡Lástima que hoy nos echen antes de ese momento y que haya alarmas que impiden el salto del muro…!
La serie del monasterio llevan títulos que conectan con nuestra memoria sensorial y con el poema de Benedetti: Sombra fantasmal, A danza das meigas, Metáfora, Osamenta, Ángelus, Vísperas, Sinfonía, Piedras… en la retrospectiva tenemos cuatro. Están fuera del contexto original de la serie, pero nos hacemos una idea. Son cuatro momentos diferentes de luz sobre los mismos sillares y cantos rodados. Sólo por el color ya son bellos, aunque no reconozcamos los arcos de ladrillo.
Cuando se enfrascó a fondo en el Monasterio de Carracedo hacía ya tres años que había traído a Cacabelos su curso de paisaje, una iniciativa que daba vida a toda la contorna con jóvenes promesas nacionales e internacionales. Era una fiesta ver a los artistas alrededor del convento, buscando la perspectiva favorita y escuchar, asustados y expectantes, el silencio del maestro a sus espaldas… (Por cierto, este año el curso ha sido reinventado y puesto al día por la también profesora de la Facultad de Bellas Artes de la Complutense Macarena Ruiz, coincidiendo con el Año Carralero. Esperemos que las instituciones sean sensibles y que ella se deje querer por nuestra tierra y se repita la iniciativa).
El monasterio nunca fue pintado (ni ha vuelto a serlo) con tanta profusión y variedad de enfoques como en la serie de Carralero. Es todo un experimento pictórico que, a los que vivimos tantos momentos en el monumento, al ver este “Llega el silencio”, no nos queda más que dejarnos llevar por esa hora incierta de la tarde y decir aquello de “aquí solo se quedan los fantasmas. Ustedes pueden irse, yo me quedo” en este cuadro.
Si miran bien, yo sigo ahí dentro desde entonces. Si se dejan querer, también quedarán atrapados en él.

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